Diario

EL DÍA QUE ME HICE MAYOR

Hacía mucho que no me pasaba por aquí a contaros cositas, he estado posponiéndolo porque desde la publicación del libro no me apetecía escribir y tampoco tenía nada relevante que contar. Han sido unos meses muy bonitos pero muy estresantes. La verdad es que sin vuestro apoyo toda la andadura de Gabriela no hubiese sido posible y aunque para mi, no sea una gran novela, vuestros comentarios me hacen sonreír cada día. Luego vino la OPE y la preparación de la misma. No es que haya estado muy centrada porque estaba tan cansada de toda la vorágine literaria que no me apetecía estudiar. He de reconocer que he tenido suerte, que me salió buen examen y que aunque me quede otra vez a puertas de plaza me quedo con un buen sabor de boca.

Ahora me estoy dedicando a leer mucho, hacía mucho que no leía tantos días seguidos y me apetecía retomar el hábito. Estoy leyendo la trilogía “Corazón” de Elena Montagud y la verdad es que me está removiendo bastante.

El motivo que me encuentre aquí hoy, otra vez, como solía hacer antes es porque el otro día decidí que ya me había hecho mayor. Me quité el piercing que hacía años llevaba. Bueno, lo de este pendiente tiene historia. Me lo puse en tercero de carrera, lo tuve como nos diez años y me lo quité. Hubo una temporada, que estaba haciendo un curso con gente más joven que yo, con más energía, con ganas de comerse el mundo y yo quería contagiarme de eso, de esa vitalidad. Fui a la tienda y me lo volví a poner. Lo que no me daba cuenta es que esa energía de tener tres trabajos  la vez yo ya la había vivido y que fue una decisión muy meditada el tener un solo trabajo y más tiempo para vivir. Pero me dio el arranque. Así que volvía a tener a mi recién vuelta deseada bola plateada pegada a mi labio y sentí que rejuvenecía un poco y salía de ese estancamiento. Fueron unos años de estudio intenso, dos intentos de especializarme fallidos y muchos quebraderos de cabeza.

Y todo esto viene porque hoy os voy a hablar de la madurez, pero de la emocional. En el libro de Elena, la protagonista sufre bullying en la infancia, lo que antes se llamaba “cosas de niños” y me ha hecho reflexionar mucho. Cuando somos niños se aguantan insultos, vejaciones, marginar a personas y tiene un nombre: bullying. Una lacra, una cosa que no se debe consentir, pero que debe de ser labor de los padres enseñar a sus hijos a vivir en respeto y convivencia. Que un día le digan “gorda” a una niña, al mes siguiente se puede convertir en una paliza, y no exagero. Ya sabéis que ha habido infinidad de videos que se han hecho virales retratando esa maldad.

Cuando eres más adulta, hay personas que tienen la capacidad de hacer sentir pequeño el que tiene al lado, no le insulta, no le veja (o si?) pero a esto todavía no le hemos puesto nombre. A veces, nos complicamos demasiado la existencia, deberíamos aplicarnos el “vive y deja vivir” porque para sentirte tu bien o para sacar tus alas a volar no tienes que cortarle las alas a los demás. Envidia pensaréis, pues no sé. Yo he sentido envidia, ¡claro que si! soy humana, pero no una envidia de desearle a nadie que se le rompiese en mil pedazos el sueño que la otra persona estaba viviendo, sino envidia de decir: ojalá algún día yo también pueda coger ese sueño con mis manos.

Son esas personas que van minando tu moral, poco a poco, comentario a comentario porque creen que son mejores que tú. Porque tienen las mejores ofertas de trabajo, porque tienen los mejores casos pero ¿sabéis que? que es postureo porque sino no lo contarían en ese tema. Absorben energía, apagan tu alegría y lo peor es que no te dejan ser tu misma. Gente intransigente, que se creen que todo lo que ellos hacen está bien y lo que hacemos los demás, no, o mejor, les es indiferente porque están tan ocupados mirándose el ombligo que no saben ubicar ni una parte más de su anatomía. Las neuronas desde luego que no.

La inteligencia emocional debería ser asignatura obligatoria en la vida. Todos deberíamos aprender a gestionar nuestras frustraciones y a veces saber meternos la lengua en el culo (me incluyo).

¿Pero que nombre les ponemos a estas personas? No sé si soy de etiquetas o no, quiero pensar que no, pero a veces la ausencia de ponerle nombre a las cosas, hace que parezca que son menos importantes que no lo son.

Una disculpa, nunca está de más.

Un abrazo, nunca está de más.

Una palmada en la espalda, nunca esta de más.

Y si no sabes hacerlo… háztelo mirar.

Y hasta aquí, mi reflexión de hoy. Hacía mucho que no me ponía densa ¿eh?

El próximo post espero que sea más “humorístico” o no, quién sabe, según me apetezca.

Gracias por leerme, una vez más.

3 comentarios en “EL DÍA QUE ME HICE MAYOR”

  1. Hola, guapa! Pues me alegra que el libro te haya hecho reflexionar.
    Llevas mucha razón,.realmente aunque la palabra bullying se use para hablar de acoso o violencia en las escuelas e instis, también existe en otros ámbitos.
    La cuestión es que hay demasiada gente que dedica su tiempo de mala manera, es decir, a criticar a los demás, estereotipar, prejuzgar, intentar imponer su opinión… no sé a qué se debe, pero yo he notado como una proliferación y la verdad es que cosas como esas no me gustan nada. Quizá soy demasiado idealista, pero qué necesidad hay de criticar a otros si eso no nos va a ayudar a nosotros? Enn fin, que lo mejor rs alejarse de las personas tóxicas. Porque haberlas… haylas. Y muchas.
    Besotes, guapa, y muy buen post.

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  2. Tienes toda la razón del mundo, todo sería más sencillo si aplicasemos el respeto mutuo y el sentido común y dejásemos de juzgar al prójimo continuamente.
    Me ha encantado leerte de nuevo, un beso muy grande princesa.

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