Diario

Diario, cap. IX

Ayer vino un señor al medio día que quería que le quitara unos tapones de cerumen que le molestaba muchísimo. Cuando hice la valoración de los mismos, me di cuenta que estaban demasiado “secos” para ser extraídos ya que para ello deben estar bien hidratados previamente para que la extracción sea lo menos traumática posible.

Me dispuse a explicarle al paciente como era procedimiento pero en lugar de eso cargó contra mí con toda la artillería diciéndome que era “cuestión de voluntad”, le expliqué amablemente que si quería le podía facilitar el protocolo de extracción de tapones, pero él ya no me escuchaba. Había entrado en bucle y sólo hacía gritarme y acusarme de “vaga”. Pues no señor, no soy vaga, simplemente es que no se puede hacer todo lo que los demás quieren en todo momento.

Mi compañero, me hizo una buena reflexión: “es que ellos lo ven desde el lado más egoista, quieren que se les haga las cosas en el momento y no miran las circunstancias de la otra persona”.

En mi costumbre de enlazar pensamientos, estaba leyendo y hablando por Whatsapp (soy mujer multitarea), cuando leí una frase que también me hizo pensar. ¿Salimos todos de la misma fábrica? ¿Realmente todos tenemos las mismas necesidades?

Es lógico pensar, que todos necesitamos, respirar, comer, que nuestro corazón lata… esos son necesidades básicas, pero luego existen otro tipo de necesidades y yo creo que aquí es donde se marca la diferencia. En lo que cada uno necesita o en las necesidades que se crea inconscientemente. Yo creo, que lo que nos hace parecer todos salidos de la misma fábrica es el entorno. Me explico, parece que si no estás todo el día contenta, eres aburrida, parece que si te gusta reflexionar eres una rayada, parece que si dices a las personas que les quieres, les estas pidiendo matrimonio o algo a cambio. Pues no señores, aquí cada uno tiene unas necesidades e intenta satisfacerlas de la mejor forma posible.

¿Por qué tenemos que sentirnos culpables por tantas cosas que hacemos? ¿Por qué si yo quiero saber de ti, no te voy a preguntar qué tal estás? ¿Alguien se plantea que igual detrás de esa pregunta, es una pregunta sin ningún tipo de interés, simplemente por el mero hecho de charlar?

Vivimos a toda pastilla, donde sólo miramos nuestros ombligos, nuestros “tengo que…”, “voy a ser la mejor en…”, maldita competitividad, a todos los niveles. Somos personas únicas e individuales.

No juzgues al sensible como débil porque igual es mucho más fuerte que tú. Igual la persona sensible necesita dos minutos de atención, pero… ¿estás dispuesto a dárselos? que dificil es calibrar cuanto darle a quien, así que muchas veces optamos por no dar nada a nadie e ir satisfaciendo necesidades, mediante relaciones vacías, porque creemos que tenemos un “colchón” de seguridad con esas personas de toda la vida, que nos salvarán ante las adversidades.

La vida, ya de por sí ya es bastante jodida como para andar jodiendonos unos a otros, creo que es mejor cultivar, ir sembrando buenos sentimientos, y así quizá si existe el Karma, algún dia recojamos lo que sembramos. Pero puedes pensar, pues eso es un sentimiento muy egoista, porque estas sembrando para “lo que te pueda pasar”. Pues no, ahí hay un error de concepto, siembras porque quieres hacerlo, porque te satisface hacerlo aunque muchas veces te sientas mal porque parece que está “mal visto” sobre todo para sexo contrario.

Que estigmas más absurdos tenemos las mujeres encima, que si somos complicadas, que si somos pesadas…. ¡olvidate! no necesitamos a un hombre a nuestro lado, pero es verdad que muchas veces la vida compartida es mejor, no es necesario, es sumar. De eso se trata de sumar. Creo que si nos molestásemos un poco en mirar más allá, en “ponernos las gafas de mirar por dentro” como decía un amigo, nos iría mucho mejor.

No te hagas el malote, no te hagas la dura, no compliques las cosas, porque todos esos juegos de las relaciones personales a cualquier nivel nos lo sabemos todos de memoria, hay látigos que ya no duelen porque ya sabes como gestionarlos, hay situaciones que ya te suenan, que ya no molestan tanto como cuando tenías veinte años. La vida te enseña, maduras y a base de hostias como panes, te das cuenta de lo que de verdad importa, aunque a veces caigas en la flaqueza de sembrar en un terreno que ya es estéril.

Que difícil es ser treintañera. O igual no es cuestión de edad, sino de actitud.

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